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Chiloé, el Chile con acento Imprimir E-Mail

La más grande exposición sobre Chiloé estará hasta fines de enero en el Centro de Extensión de la Universidad Católica en Santiago. El Mar, la Tierra y la Cotidianidad se pueden sentir en esta muestra.

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Este es el discurso con el cual Renato Cárdenas inauguró la exposición "Chiloé, el Chile con acento" que se desarrolla hasta fines de enero en el Centro de Extensión de la Universidad Católica, en Santiago.
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Chiloé constituye una hermosa pizarra para graficar lo que ha sido el poblamiento de nuestro territorio desde los gélidos tiempos de Monteverde, los encuentros y desencuentros de la conquista española y esta suerte de revolución industrial incrustada tardíamente en la globalización y la modernidad de estos días.

Esos marcos parecieran situar aspectos fundacionales/fundamentales que crean una impronta en un presente muy apegado a esas matrices pero, al mismo tiempo, siente que precisa abandonar el capullo para enfrentar los nuevos desafíos.


La población mapuche llegó hasta Chiloé en su diáspora por Argentina y Chile.

Ellos y los chono poblaron la costa oriental de la Isla Grande y el archipiélago interior que se prolonga hacia el sur.


Los conquistadores españoles, que ocuparon estos espacios desde 1567, no hicieron otra cosa que reforzar los sitios ya poblados y administraron donde estaba la gente.

Este ‘mare nostrum’  -nuestro archipiélago interior- ha sido el territorio que heredamos y que -como mapas mentales- han sido el suelo de nuestras identidades locales e individuales.


Aquí aprendimos a navegar; a mariscar y pescar; a diferenciar los vientos, las mareas y los cambios climáticos. Aquí diferenciamos un árbol de otro; una planta por sus aromas o texturas. Supimos de la madera, de las yerbas y de las papas mejores para cazuela o para el horno; de la pertinencia de un suelo o de la luna adecuada para sembrar en el universo.


Nuestra geografía de lomas, esteros, barrancos y quebradas es el resultado de los glaciares que atravesaron todo el Valle Central de Chiloé y se detuvieron en lo que hoy es la costa donde vivimos. Nuestros suelos son morrenas terminales; las islas son arrastres glaciares de estos grandes eventos. El Valle Longitudinal primero se inundó, por eso somos la región de los lagos, pero desde Puerto Montt se hundió en una extensa pradera de archipiélagos.


La lucha entre el mar y la tierra es la dinámica de nuestras geografías. Tentén y Caicai Vilu reaparecen para el maremoto de 1960 que hizo descender en un metro y medio nuestras costas.

En este escenario físico los seres humanos construyen su historia. Fue la conquista española; la colonización de fines del siglo XIX; han sido las industrias que han creado trabajo y alerta medioambiental.


Aquí se inicia una saga que nos involucra hasta el presente. Hay en los grupos locales una imposición de los afuerinos que los obliga a adaptar sus modelos y a reinterpretar los ajenos.

Esta trama de transferencias y de uso de saberes, aportados por las distintas experiencias y tradiciones, será aplicada a un territorio compartido;  constituirán instrumentos precisos para domeñar una geografía, un clima y para construir un hábitat.


La lengua, la religión y las costumbres se modificarán en un proceso que no es uniforme.

Los conquistadores españoles –gallegos, andaluces, castellanos, extremeños- aprenden el mapuche y los dos primeros siglos es la lengua de la conquista en estos extremos del mundo. Los veliche, por su parte, son presionados por un proceso evangelizador/civilizador que en manos de los jesuitas se hace imaginativo; instalan capillas en todo el archipiélago pero, al decir de observadores como Mariátegui: “La exterioridad, el paramento del catolicismo, sedujeron fácilmente a los indios /…/ no impusieron el Evangelio; impusieron el culto, la liturgia, adecuándolos sagazmente a las costumbres indígenas”.


En Chiloé instalan un diácono, tres siglos antes del Concilio Vaticano II: el fiscal o amomaricamañ. Fueron elegidos por los misioneros entre hijos o nietos de caciques, machis o pougtenes. Ellos enseñarán la nueva religión, asumida más por exigencias o compromisos de la conquista que por fe. Promueven al Dios de los misioneros aún sin conocerlo; sin quererlo todavía.


El perfil del Dios indio de la colonia debió ser una suerte de sincretismo histórico y étnico, entre dos mundos. Entre un Dios que lucha por sobrevivir en su propia tierra y entre su gente. Y un Dios europeo vencedor, que debe conquistar no sólo los espacios de este húmedo archipiélago sino también las desconfiadas conciencias del nativo.


Las primeras casas españolas eran de teja y tapia. A la ciudad de Castro se le construyó calzada española. Los adoquines se hundieron en el primer invierno  así como se vinieron abajo sus viviendas, apenas construidas, con un terremoto. Desde entonces la madera y los modos indios de construcción se llevaron adelante. También los modos locales de habitar se respetaron: fachadas hacia el este, mirando el sol.


El vestuario español debió buscar tela en los quelgos, en el telar horizontal usado por los veliche insulares.


En la vivienda y el vestido se incorpora con notoria presencia el diseño que traen los pudorosos europeos del siglo XVI y XVII.


Se reemplazan producciones: el trigo desplaza a la teca, el mango y la quinua; la oveja echa al hueque de las praderas chilotas. Sin embargo, las formas productivas siguen basándose en una agricultura y domesticación complementaria a la recolección marina de algas, peces y mariscos. Se siembra y recolecta comunitariamente; la minga es el instrumento vecinal más eficaz.


El hacha de acero abre un nuevo destino laboral que caracterizará al chilote: explota primero los bosques cordilleranos tras el valorado alerce; construye reinos como el que levantó Ciriaco Álvarez, el Rey del Ciprés desde Chonchi. Así también emergen otros pueblos costeros como Quemchi y Quellón.


Chiloé, en el siglo XVIII es valorado por los europeos por su construcción naval y en el siglo XIX por sus marinos, como lo retrata en sus novelas y recuerdos Francisco Coloane que todavía recogió esta fama cuando ya mediaba el siglo XX.


La madera saca al isleño de su terruño, primero obligado por los encomenderos y en la república, por su propia iniciativa, es tejuelero del estuario del Reloncaví. El desarrollo de Carelmapu, Maullín y Calbuco, asentamientos  administrativos y de defensa  de la Corona que datan de comienzos del siglo XVII, nos señala que los chilotes se habían instalado ya en el continente. Pérez Rosales los encuentra en el astillero de Melipulli y los contrata para crear los cimientos de la colonización alemana. Son constructores de casas, hacedores de caminos envaralados, como el de Puerto Montt a Puerto Varas, y abren praderas a fuerza de hacha y fuego.


El madereo los lleva a colonizar todo el estuario del Reloncaví y, a inicios del siglo XX, los encontramos en lo que hoy es la provincia de Palena. De allí seguirán al sur.


Desde entonces, el hacha y el gualato se cruzan como emblemas laborales de estas islas.

He querido trazar algunas características de este ESCENARIO FUNDACIONAL donde se encuentran los VELICHE/ la NATURALEZA / y los ESPAÑOLES, compartiendo el mismo espacio territorial: fecundándolo, mestizándolo, creando nuevas creaturas.


El verbo compartir significa aquí construir territorio enfrentando tensiones/ desencuentros/ conflictos, en este proceso civilizador.


En estos contextos se asienta el Periodo Colonial, en Chiloé. El segmento mayoritario de la población se verá involucrado en esta historia. El mestizo asume un rol directivo en las nacientes sociedades urbanas.  El veliche, relegado a los campos, se margina, en la medida que le es posible; aunque la encomienda, como tributo laboral lo perseguirá hasta 1782.


Hasta fines del siglo XVIII Chile no existe para los chilotes. Existe España, el virreinato del Perú, al cual Chiloé queda dependiendo en lo administrativo y eclesiástico, desde mediados de ese siglo.

Con la Guerra de Reconquista aparece Chile como un adversario, como un peligro territorial. Y los chilotes que están con el rey deciden incorporarse masivamente a este conflicto. O’higgins es sitiado por los chilotes en Rancagua;  el batallón Chiloé entra triunfante a Santiago de Chile y a Lima.


Así este archipiélago es tomado como un centro de resistencia realista en el continente. El capitán Antonio de Quintanilla le infundirá ese carácter cuando se atrinchere y rechace a Lord Cochranne y a Freire, y permanezca como el último reducto español del virreinato hasta el verano de 1826.

El verano de 1835, cuando Darwin toma mate con un grupo de veliche en Cucao, uno de ellos reclama por el mal trato dado recibido de las nuevas autoridades chilenas y agrega: “…y esto es solamente porque somos unos pobres indios y no sabemos nada; pero no era así cuando teníamos un rey”.


La conquista de Chiloé obedeció a requerimientos estratégicos de España que en el siglo XVI observa una puerta abierta al ingreso del inglés.


Por otra parte la urgencia de que Chiloé pase a ser controlado por Chile, inmediatamente después de su independencia, está determinada por presiones ejercidas por Bolívar a O’higgins quien ve en Chiloé un atrincheramiento realista que da intranquilidad a las nacientes repúblicas americanas.


Las restricciones que impone una economía doméstica, como el autoconsumo, llevó al chilote a diversificar su actividad productiva al interior de sus comunidades. Teniendo como base, siempre, la recolección y pesca heredada de sus ancestros indígenas, mantuvo siempre un corralito de animales domésticos, una huerta y una pequeña chacra sembrada de papas.


La mujer es el sujeto más eficaz de esta sociedad. Ella maneja su propio supermercado: huerta con hortalizas, yerbas medicinales y flores; primerizos para las fiestas de diciembre; hila sus ovejas y tiñe la lana raspando cortezas o sacando turba del hualve; marisca con su canasto de boqui y su palde ojival; cumple con las mingas de sus vecinos, así como ellos la ayudan cuando queda sola; atiende a sus hijos y sus animalitos domésticos y cuando es necesario se arrima a su iglesia de madera a orar o cantar una salve dolorosa.


El varón buscó plata en las patagonias durante todo el siglo XX. En la provincia de Santa Cruz quedó un tercio de nuestra población. Fueron también pioneros en Puerto Aysen, en Coyhaique y en la XII región.


En 1843, son chilotes los que zarpan desde Ancud en una goleta construida en un astillero local y se asientan en Fuerte Bulnes, a unos pasos de lo que será meses después Punta Arenas. Esta saga marcará una ruta laboral hacia esos territorios, cuando la Primera Guerra Mundial y la apertura del Canal de Panamá, más tarde,  afecten la economía de la madera en Chiloé.


Las migraciones hacen al chilote un pueblo perteneciente a dos países.
El siglo XX es para Chiloé el tiempo de las migraciones.


Las huelgas patagónicas de los años 20, que tan bien describe Francisco Coloane en ese magistral cuentecito “El Chilote Otey”,  son fuertemente reprimidas por el gobierno de Hipólito Irigoyen y más de 1500 peones de las estancias de Santa Cruz mueren en el movimiento.

Esto detiene el fuerte impulso que inicialmente animaron estas rutas migratorias.

En la década del 50 se activa definitivamente la ruta a consecuencia de un brote de tizón que duró varios años y se ensañó con los papales del archipiélago.


En sus tierras sigue compartiendo su vida vecinal-comunitaria con las salidas estacionarias. Algunas islas prueban con las salitreras; otros viajan hasta Osorno y desde allí acarrean la murra y el espinillo, traídos desde Europa por sus patrones.


La mujer sigue siendo el factor de estabilidad porque ella no migra. Si un chilote se casa en Patagonia se queda en esos pagos; no se conocen mujeres argentinas que hayan llegado con migrantes insulares. Los que vuelven establecen familia local, pero siguen viajando.


El terremoto del 60 es otro evento que ha marcado las memorias y los destinos insulares. Pero es, más bien, las consecuencias del sismo. La ley de Franquicias Aduaneras se activa en Chiloé como una forma de estimular a una provincia abandonada que, además, está en el suelo. El factor, a mi entender más significativo fue la introducción de  la radio a transistores, alimentada con pilas. Es un factor de modernidad que abre una ruta cuyos hilos se conectan con los sucesos actuales.

Los actuales chilotes de las patagonias son inmigrantes de estas oleadas.


A mediados del siglo XX aparece Puerto Montt como un centro cada vez con mayor hegemonía en la región, al controlar la distribución  mercantil de un país que comienza a crecer hacia el sur. Después del terremoto, la ciudad se levanta con grandes perspectivas, modernizando su casco urbano y creando nuevas poblaciones, impulsadas por la demanda habitacional.


Desde los 60 aparecen distintos proyectos tendientes a lograr mayor desarrollo económico para esta región. Surgen de un estado paternalista y se aplican en Chiloé pero,  no son para Chiloé, sino que favorecen a intereses ajenos. Es el caso del proyecto 889 que bonificaba las inversiones en un 25% y que se tradujo en un rotundo fraude al fisco. En los 80 la CORFO elaboró el Proyecto Astillas para dos compañías chiperas del japón. Consideraba la tala de 118 mil há del bosque nativo más significativo de la Isla Grande. El proyecto logró abortarse, pero desde entonces  comenzaron a aparecer nuevos proyectos madereros trasnacionales, algunos de gran envergadura como Colinetti y Goldeng Spring.


El último de estos proyectos de desarrollo, con alardes de modernidad fue el Puente sobre el Canal de Chacao. Se ha elaborado con el mismo espíritu de los proyectos anteriores: no hemos sido nosotros, los chilotes, evaluadores de su pertinencia o prioridad, ni lo vemos asociado a un plan realmente de desarrollo fuera de ser una firme plataforma para facilitar el traslado de recursos naturales desde Chiloé.


Desde los 70 se desarrolla una industria que procesa mariscos, crustáceos y pescados. En los 80 esta industria creció considerablemente y conquistaron el mercado mundial  dos importantes recursos: el loco y las algas glacilarias. Así también, desde 1975, la UNION CARBIDE siembraba los primeros salmones que ya  a fines de esa década se proyectaba como la gran industria nacional.

Se crea un enclave laboral que atrae a mucha gente a estos archipiélagos. Quellón, centro clave en este proceso, crece al doble en una década, transformándose en la tercera ciudad chilota.

Desde aquí el chilote empieza a abandonar sus dos grandes paradigmas: las migraciones patagónicas y el cultivo de la tierra (léase papas).

 

CON EL CAMBIO DE ACTIVIDAD ECONÓMICA LAS DINÁMICAS COMUNITARIAS EMPIEZAN A DEBILITARSE. Por primera vez los jóvenes ya no trabajan para sus vecinos, sino para una empresa privada, en su propia tierra. SE DA LA PARADOJA DE QUE LOS VIAJEROS PATAGÓNICOS, ESTANDO TAN LEJOS, SIEMPRE VOLVIERON Y SE INTEGRARON A SUS COMUNIDADES; ESTA NUEVA SITUACIÓN LOS ALEJA DE SUS COMUNIDADES AUN CUANDO SIGUEN VIVIENDO EN SUS PATIOS.

 

He preferido describir los contextos en que el pueblo Chilote se ha desarrollado hasta el presente porque son estos  tejidos económicos, sociales y culturales los marcos de las experiencias personales y comunitarias. Desde allí surgen las respuestas y desde esos entornos se construyen las identidades.


Hemos querido traer parte de la historia chilota, a través de esta exposición que reconstruye con sensaciones,  objetos y lenguaje, aspectos del imaginario chilote que ha sido modelado en el tiempo y en el encuentro entre poblaciones.


Mirando desde la ventanilla del bus que nos traía reparaba en la incapacidad de trasplantar un territorio, su gente, su cultura a través de un soporte etnográfico de imágenes fotográficas y objetos. No se puede recortar ni la geografía ni la cotidianidad.

Son sólo ejercicios donde buscamos complicidad para dar lectura a estas evocaciones. Necesitamos decodificadores de la realidad.


Cómo podríamos traer esa banda de música de los paichiles que este último 8 de diciembre iban casi pisando las mareas, tocando un pasacalles, con olor a surcito húmedo,  que escucho desde antes de nacer. Como traer a esa niñita recitándole a la Virgen con su mirada asustada y orgullosa, subida sobre una silla, en medio de la procesión.

Como traer el chucao arisco y curioso que nos rondaba cuando sacábamos boquis de los montes para esta muestra.


Cómo cortar una tajada a esa tarde cuando los cahueles hacían acrobacias mientras Checha Ulloa volvía a reconstruir un techo de junquillo, que no hacía por tres décadas.

El ejemplo más patético es la exuberante, fresca y orgullosa nalca que se yergue majestuosa en las quebradas chilotas y llegó a Santiago deshidratada, quemada por el calor, arruinada.  

Hemos tratado de acarrear texturas, imágenes, sensaciones.


Llegaron fragmentos de un jarrón que se nos rompió al atravesar el Canal de Chacao, pero traemos las esquirlas que hemos logrado recuperar al sacar el suelo donde tenían un sentido.


Quiero terminar esta intervención expresando el profundo dolor que embarga a la comunidad chilota vinculada al trabajo del patrimonio por la pérdida de uno de los grandes constructores del Chiloé actual: don HERNÁN MONTECNOS BARRIENTOS que durante su vida fue encontrando caminos para que los valores patrimoniales de Chiloé, sean reconocidos primero en Chile y luego a nivel mundial, al ser gestor fundamental, junto al obispo Luis Ysern, de la  declaratoria de las iglesias como Patrimonio de la Humanidad.


Queriendo expresar los sentimientos de mis pares de la cultura, creo que este espacio es el lugar indicado para rendir un homenaje al arquitecto, al investigador, al maestro y al infatigable luchador patrimonial.

Brindémosle un aplauso.

Santiago de Chile, 20 de diciembre de 2007


   

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